La moda boliviana es despreciar lo que somos

Arian Richard Rivas Lima

Redacción II "A"

¿Por qué el boliviano consume más lo extranjero que lo nacional? ¿Es por falta de calidad o por falta de confianza en el boliviano? Esa fue la pregunta que rondó en mi cabeza mientras leía sobre la reciente marcha contra la gentrificación en México, donde cientos de personas salieron a las calles a denunciar cómo lo extranjero estaba desplazando lo propio. Y entonces pensé: en Bolivia también está pasando algo parecido, aunque más silencioso, más profundo. Aquí no son turistas quienes imponen lo externo, somos nosotros mismos quienes, sin darnos cuenta, lo hemos elevado por encima de lo nuestro. Lo vemos en lo que comemos, en cómo hablamos y en lo que compartimos en redes. En algún punto, dejamos de sentirnos orgullosos de lo que somos y empezamos a disfrazarnos con lo ajeno, como si lo nuestro no alcanzara, como si nunca fuera suficiente.

No se trata solo de productos o marcas. Es algo más profundo: una forma de pensar que se ha infiltrado en lo cultural, lo estético e incluso en lo que sentimos por nosotros mismos. La gentrificación no siempre llega desde afuera; muchas veces somos nosotros quienes elegimos lo extranjero por encima de lo nacional. Queremos vivir en zonas con nombres en inglés, vestir ropa de afuera, comer en franquicias que nos hagan sentir parte de algo más grande. Pero esa admiración por lo externo refleja un rechazo hacia lo propio. No confiamos en lo que hacemos ni en lo que somos. Y esa falta de confianza tiene consecuencias reales ya que Bolivia importa más de lo que exporta. Hay un sesgo de percepción de grupo, que nos hace creer que lo “extranjero” es mejor solo por ser global, esto termina afectando incluso nuestra economía. Porque cuando no valoramos lo nuestro, tampoco lo impulsamos.

Desconfiar de lo nuestro no es solo un problema práctico, también es una herida ética en lo profundo de nuestra cultura. Admiramos lo extranjero con facilidad, pero a lo producido en Bolivia le exigimos pruebas, garantías y validaciones externas. Un emprendimiento local tiene que esforzarse el doble para ser tomado en serio, mientras que algo con etiqueta extranjera recibe aceptación automática. Esa diferencia no es casual, es algo cultural. Detrás de cada producto hecho en Bolivia hay esfuerzo, historia y talento que muchas veces ignoramos. No se trata de elegir lo nacional por obligación, sino de reconocer que sin respeto por lo propio, no hay identidad que crezca ni país que se fortalezca.

Alguien podría decir que lo hacemos porque lo nacional no tiene la misma calidad, que lo de afuera es más confiable, más avanzado. Y tal vez en algunos casos es cierto. Pero esa calidad no apareció de la nada, fue construida, apoyada y promovida por quienes sí confiaron en lo suyo. Lo nuestro no mejora porque nosotros no lo dejamos crecer. No solo falta inversión, falta fe. No se trata únicamente de consumir, sino de creer en nosotros mismos. De apostar, aunque no sea perfecto. Porque si seguimos esperando a que lo boliviano sea excelente para recién valorarlo, entonces lo estamos condenando a quedarse estancado. La confianza no viene después del éxito. Y sin ese primer voto de confianza, ninguna propuesta nacional tiene la oportunidad de transformarse en algo más grande.

Por eso, más que exigir orgullo nacional, necesitamos empezar a cultivarlo. No se trata de rechazar lo extranjero, sino de dejar de hacerlo siempre a costa de lo nuestro. La confianza en lo boliviano no nace sola, se construye con decisiones pequeñas, con voluntad de creer antes que criticar. Porque lo que somos también merece ser elegido. Y si seguimos esperando una validación externa para valorar lo que nos pertenece, seguiremos perdiendo identidad sin darnos cuenta. Tal vez la verdadera gentrificación no esté solo en las ciudades, sino en la forma en que dejamos que lo ajeno ocupe el lugar de lo propio. Es momento de recordar que lo nuestro también vale, incluso antes de que los demás lo digan.





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