Resistimos tanto, que ya no sabemos cuándo decir basta
Arian Richard Rivas Lima
Redacción II "A"
“Antes cocinábamos para comer mejor, ahora cocinamos para no pasar hambre.” Esa fue la frase que más nos dolió cuando leímos en clase el artículo de Adolfo Mier “Frío hasta los huesos y precios por las nubes”. Lo analizamos en grupo y, aunque cada quien destacó un aspecto distinto, todos coincidimos en lo mismo: esto va más allá del clima. No es solo un invierno fuerte, es una tormenta perfecta donde el frío y la inflación se juntan para golpear a las familias que ya cargaban demasiado. Y lo más alarmante, como dijo uno de mis compañeros, es que todo esto podría influir también en las elecciones, porque la paciencia del pueblo no es infinita. La sensación general no era solo preocupación, sino también una mezcla de impotencia y cansancio que se nota en las calles, en los mercados, en las conversaciones.

Mier no solo opinó, mostró datos. Jesús de Machaca registró -15,7 grados y la inflación interanual llegó al 23,67%. Esto ya no es percepción, es realidad. Como apuntamos en nuestro análisis, cuando la temperatura baja, también bajan los recursos: se gasta más en gas, en remedios, en comida, mientras el salario se queda quieto. Las familias más humildes, esas que siempre han resistido, hoy deben elegir entre abrigarse o comer. Y eso no debería ser normal en ningún país. Cuando a las cifras se suman voces como la de doña Marta, que dice que ya no cocina para comer mejor, sino para no pasar hambre, lo estadístico se vuelve humano. La inflación, que alguna vez parecía una palabra lejana de expertos, ahora es una sombra que se cuela en cada compra, en cada olla a medio llenar.
Pero hay otro nivel de análisis, uno más profundo. Otro compañero del grupo mencionó algo que me quedó dando vueltas: “el boliviano está acostumbrado”. Y sí, eso es quizás lo más alarmante. No solo sufrimos el frío y la inflación, también sufrimos algo más silencioso: la costumbre. Nos acostumbramos a que la olla esté medio vacía, a que las autoridades hablen bonito y no hagan nada, a que lo difícil se vuelva parte del paisaje. Y ese conformismo es peligroso, porque convierte la resignación en una especie de virtud. No somos fríos solo por fuera, también nos estamos congelando por dentro, cada vez que dejamos pasar lo inaceptable como si fuera parte de la rutina. Y mientras más lo toleramos, más lejos parece la idea de que las cosas pueden cambiar.
Claro, alguien podría decir que siempre ha sido así. Que el pueblo boliviano tiene fuerza, que siempre resiste. Pero resistir no es lo mismo que vivir con dignidad. Que estemos acostumbrados al frío, no significa que tengamos que aceptarlo como destino. El problema no es la fortaleza del pueblo, sino la indiferencia de quienes deberían cuidarlo y hacerlo mejorar. No confundamos aguante con conformismo. Ni coraje con silencio. La resiliencia sin acción se vuelve excusa, y las excusas no calientan ni llenan los platos de las familias bolivianas.
El artículo de Mier cierra con una frase que no se olvida: “Es ahora o nunca”. Y tiene razón. Porque mientras algunos se abrigan con discursos vacíos, otros duermen con hambre. Porque mientras los precios suben, también debe subir nuestra conciencia. El frío puede pasar, pero no debería irse sin habernos despertado. Y si vamos a votar este año, que no sea con las manos temblando por el frío, sino con la certeza de que merecemos algo mejor. Pensar, exigir, actuar: ese es el abrigo que necesitamos ahora. No solo por este invierno, sino por todos los que vendrán.
Richard, escribiste: Y lo más alarmante, como dijo uno de mis compañeros, es que todo esto podría influir también en las elecciones, porque la paciencia del pueblo no es infinita
ResponderBorrarForma correcta: Y lo más alarmante, como dijo uno de mis compañeros, es que todo esto podría influir también en las elecciones porque la paciencia del pueblo no es infinita
Evita la coma antes de la conjunción "por qué".
9 sobre 10.