Negar un error es quedarse atrapado en él

Arian Richard Rivas Lima

Redacción II "A"

En internet nada desaparece por completo. Lo vimos nuevamente con el caso de Juan Pablo Velasco, candidato a la vicepresidencia, ya que quedó envuelto en una polémica luego de que resurgieran antiguos mensajes racistas publicados en su cuenta de X. Frases ofensivas contra los habitantes del occidente boliviano reaparecieron justo en medio de la campaña electoral. Lo llamativo no es solo lo que esos mensajes dicen, sino cómo aún conservan la fuerza suficiente para sacudir una candidatura. Porque lo que alguna vez se escribe en la red, aunque se elimine la cuenta, siempre va a dejar una huella. Y lo que realmente queda en discusión no son solo esas frases, sino la manera en la que Velasco decidió enfrentarlas.

Dos equipos de verificación confirmaron la existencia de esas publicaciones. Lo hicieron rastreando la cuenta oficial que el propio candidato registró ante el Tribunal Supremo Electoral, también revisando capturas guardadas en bibliotecas digitales y contrastando interacciones de la época con otros usuarios. Frente a todas estas pruebas, Juan Pablo Velasco optó por negarlo todo, calificando las acusaciones como parte de una “guerra sucia” y eliminando su perfil de la red social. Esa contradicción entre la evidencia presentada y la respuesta evasiva deja un vacío que genera más dudas que certezas. Y es que lo preocupante no está en lo que alguien escribió en su juventud, sino en la falta de valentía para enfrentarlo. Negar y borrar puede dar un respiro momentáneo, pero no puede eliminar por completo lo que internet ya guardó para siempre.

Ahora bien, no se trata de minimizar la gravedad de lo escrito, si esos mensajes son auténticos, contienen un peso ofensivo que ninguna explicación debería justificar. Pero tampoco debemos condenar sin matices, como si todos estuviéramos libres de haber dicho algo de lo que luego nos arrepentimos. Ahí radica la diferencia entre equivocarse y aprender. Reconocer un error, pedir disculpas y mostrar con hechos que ya no se piensa igual es un acto de madurez que dignifica más que cualquier silencio. Velasco perdió la oportunidad de demostrar que las personas no son prisioneras de su pasado, sino que pueden crecer a partir de él. Y cuando alguien se limita a esconder, da la impresión de que el error no fue superado, sino solo ocultado.

Al final todos nos equivocamos. Cada persona puede decir que equivocarse es parte de ser humano, y no habría objeción en ello. Lo peligroso aparece cuando pensamos que negarlos basta para hacerlos desaparecer. Tapar un error es como barrer el polvo debajo de la alfombra: a simple vista parece limpio, pero tarde o temprano la suciedad vuelve a aparecer. Y no es solo una lección para la política, es también una lección para la vida. Quien no enfrenta sus fallas termina cargando con ellas, aunque intente esconderlas, la memoria propia o colectiva siempre encuentra formas de regresar. El valor de crecer radica en aceptar lo que fuimos, y no en fingir que nunca pasó.

Al final, lo que define a una persona no es lo que escribió hace quince años, sino lo que hace hoy frente a esos recuerdos incómodos y errores pasados. El planeta está en movimiento constante, girando y transformándose cada segundo, y nosotros también estamos hechos para cambiar. Reconocer los errores es parte de esa dinámica natural del ser humano, mientras que negarlos es una forma de detenerse en un punto fijo. Y quien se queda quieto mientras todo a su alrededor se mueve corre el riesgo de quedarse atrás. Al fin y al cabo, crecer significa avanzar incluso cuando nos pesan los recuerdos, y el cambio es la única forma de no quedarnos atrapados en lo peor de nuestro pasado.

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