Un sueño no se cumple al pensarlo, sino al moverse hacia él

Arian Richard Rivas Lima

Redacción II "A"

Pensar en el futuro siempre me causa una mezcla de miedo y tranquilidad. No sé si es porque imaginar lo que viene me hace sentir responsable o porque, de alguna manera, me da esperanza. Dentro de mis planes a cinco años, primero quiero terminar mi carrera hasta 2028 con excelencia. Luego, obtener mi título restante en el instituto de inglés, algo que he querido completar desde hace tiempo. Después de eso, quiero buscar trabajo en algún medio de comunicación para empezar a ganar experiencia y, al mismo tiempo, estudiar otra carrera que me permita especializarme en el periodismo. Con los años, me gustaría convertirme en un periodista y analista reconocido por su opinión, alguien que logre dejar una huella con lo que escribe. Mi sueño a largo plazo, dentro de diez años, es vivir en Europa, seguir aprendiendo y observar el mundo con otros ojos. No sé si todo sucederá tal como lo imagino, pero tener un rumbo me da sentido, y eso ya es suficiente para empezar.

Sin embargo, los sueños no caminan solos. He comprendido que soñar en grande solo es justificado cuando se acompaña con pasos concretos. Por eso intento traducir mis metas en acciones pequeñas, casi imperceptibles, pero constantes como: no aplazarme en ninguna materia, perfeccionar mi inglés y escribir con más frecuencia. Suena simple, pero detrás de cada objetivo hay una disciplina silenciosa que no siempre se ve. He entendido que para avanzar no es necesario correr, sino mantenerse firme incluso cuando no hay aplausos, ni resultados inmediatos, ni motivación. Y aunque a veces me impaciento con mi propio ritmo, me repito que lo importante no es llegar primero, sino llegar siendo alguien del que me sienta orgulloso. Aprender a disfrutar el proceso es, en realidad, el primer paso para no rendirse cuando las cosas tardan más de lo esperado.

Ese proceso también me ha llevado a mirarme con honestidad. Reconocer mis virtudes fue fácil, pero aceptar mis debilidades no tanto. Soy responsable, organizado, sé inglés y tengo curiosidad por aprender. Pero me cuesta confiar, hablar con otros, salir de mi propio entorno. A veces procrastino, y otras me escondo detrás de mi perfeccionismo. Sin embargo, he comprendido que conocerse a uno mismo no es un ejercicio de culpa, sino de comprensión. En lugar de ver mis defectos como un obstáculo, intento tratarlos como puntos de partida. Por eso mi mapa de acciones no está hecho solo de metas, sino también de decisiones diarias: adelantar tareas, conversar con alguien nuevo cada mes, atreverme a participar más, pedir ayuda cuando lo necesito. Cada pequeño paso que me saque del lugar donde suelo quedarme inmóvil ya cuenta como un avance, aunque nadie lo vea.

Y si algo no sale como espero, he aprendido a pensar también en caminos alternos. Mi plan B sería dirigir un departamento de comunicación, diseñar campañas o seguir creando con mis palabras, aunque el escenario sea distinto. Al final, lo importante no es el título del sueño, sino la esencia que lo impulsa. Mi sentido de vida no se mide solo por logros, sino por las personas que me sostienen: mi mamá, mi hermano y mi abuelo. Ellos son la raíz que me da fuerza cuando todo parece incierto. Todo lo que hago tiene un motivo más profundo que la meta profesional: quiero darles una vida más cómoda, devolverles el esfuerzo que pusieron en mí. No busco éxito por vanidad, sino para agradecer con hechos lo que el amor me enseñó sin palabras.

He aprendido que un plan de vida no se trata de querer controlarlo todo, sino de confiar en uno mismo mientras el mundo sigue cambiando. Nada permanece quieto: ni el tiempo, ni nosotros. Creer que uno puede caer, aprender y volver a empezar se ha convertido, para mí, en una forma de madurez. Porque los planes sirven como una guía, pero la vida siempre añade sus propias lecciones: las que aprendemos en clase, en los errores y en las decisiones que tomamos cada día. Puede que nada salga exactamente como lo imaginé, pero sigo creyendo que avanzar, incluso con miedo, ya es una manera de cumplir un sueño. Al final, la vida no se mide solo por los logros alcanzados, sino por la coherencia entre lo que uno sueña, lo que intenta y lo que se atreve a vivir.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

Resistimos tanto, que ya no sabemos cuándo decir basta

Cinema Paradiso: Un homenaje a lo que ya no podemos abrazar

La moda boliviana es despreciar lo que somos