La economía está rota: ¿quién la va a coser?

Arian Richard Rivas Lima

Redacción II "A"

En una tarde de lluvia en La Paz, observaba el ir y venir de las personas en la calle. Las caras actualmente reflejan preocupación, cansancio, incertidumbre. La crisis económica ya no es un tema de conversación en las esquinas; es el aire que se respira, el peso que se carga en cada gesto. No hay necesidad de mirar las cifras para saber que algo no está bien. Se siente en el precio del pan, en el pasaje que sube de a poco, en las mamás que preguntan si esta semana aún podrán pagar lo del colegio. Y en medio de este caos cotidiano, surge una pregunta que retumba en la conciencia: ¿quién cosecha lo que se ha roto? ¿A quién le toca recoger los pedazos de un sistema que no termina de sanar?

La situación económica de Bolivia es el resultado de decisiones arrastradas durante años. Jaime Dunn, economista boliviano, advierte que “el país necesita con urgencia una reducción del gasto público y una reforma estructural en su modelo económico”. Según sus análisis, el modelo basado en la dependencia del gas natural ha mostrado señales claras de agotamiento. La caída de la producción y la disminución de las reservas internacionales han encendido las alarmas. Dunn plantea que solo un cambio profundo y valiente podría evitar que el país llegue a un escenario más crítico. Es decir, Bolivia necesita decisiones firmes, aunque impopulares, para comenzar a sanar.

Pero cambiar un modelo económico no es una tarea fácil, y mucho menos en un país donde las tensiones sociales están siempre a flor de piel. Reducir el gasto público implica tocar intereses, y muchas veces, tocar también las oportunidades de quienes menos tienen. Las medidas necesarias podrían sentirse como sacrificios, sobre todo si no van acompañadas de políticas que protejan a los sectores más vulnerables. Y es ahí donde entra el dilema ético: ¿cómo aplicar lo correcto económicamente sin dejar a nadie atrás? La respuesta quizá esté en equilibrar el ajuste fiscal con inversión social estratégica, aquella que permita generar empleo, educación y producción real en vez de solo subvención temporal.

La escasez de dólares es solo la punta visible de un problema más profundo. A falta de divisas, el comercio se encarece, las importaciones se restringen y la inflación comienza a golpear con más fuerza. El gobierno ha intentado medidas como la emisión de bonos y la búsqueda de nuevos socios comerciales, pero la desconfianza crece. La economía se vuelve frágil cuando depende más del discurso que de los hechos, y la gente lo sabe. Lo siente. En un país donde la informalidad es mayoritaria, cualquier inestabilidad termina afectando al más pequeño. Y si no hay claridad, si no hay futuro visible, lo que queda es el miedo.

Algunos sostienen que la solución es insistir en el modelo actual, fortalecer el mercado interno y seguir apostando por una redistribución más justa. Dicen que cambiar de rumbo sería retroceder, traicionar las conquistas sociales de los últimos años. Y es verdad que hablar de recortes suena duro. Pero también es cierto que este modelo ya ha mostrado sus límites: menos producción, menos dólares, más presión fiscal. Insistir en él sin correcciones es como tapar el sol con un dedo. Si de verdad se quiere defender a los que menos tienen, hay que decir la verdad completa: sin crecimiento económico real, no hay redistribución que dure.

La crisis económica de Bolivia no es solo una acumulación de errores contables ni una consecuencia de políticas externas. Es, sobre todo, un reflejo de nuestras decisiones colectivas. Como país, debemos aprender a mirar más allá de la inmediatez, a construir consensos valientes que no se guíen por la popularidad, sino por la sostenibilidad. Las soluciones no vendrán del cielo, ni del extranjero, ni de una sola persona. Vendrán de una ciudadanía más crítica, de autoridades más honestas y de una economía que vuelva a poner al ser humano en el centro. Porque al final, no se trata solo de salvar cifras, sino de salvar los futuros de las siguientes generaciones.

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