Las verdades que no se dicen también cuentan como mentiras
Arian Richard Rivas Lima
Redacción II "A"
¿Alguna vez mentiste por un buen motivo?, eso nos preguntamos con un compañero, con quien tuve que conversar en clase. Me tomó por sorpresa mi respuesta, pero me hizo pensar. Ya que recordé todas esas veces que dije una mentira blanca para evitar un conflicto, para proteger a alguien o incluso para no preocupar a mis padres cuando era más chico. No fueron mentiras grandes, pero tampoco fueron totalmente inocentes. Entonces me di cuenta de algo: la verdad, al menos para mí, no es una línea recta. No siempre es absoluta, ni siempre hace el bien. A veces, mentir también puede ser una forma de cuidar, de proteger o de evitar un daño mayor. Y eso me parece importante de reconocer, aunque suene contradictorio.
Esa charla breve me dejó pensando todo el día. Entendí que la verdad depende mucho del porqué, del contexto y del momento. No es lo mismo mentir para engañar que mentir para proteger. Y ahí, justo en ese espacio entre la intención y el resultado, aparece algo que muchos llamamos “mentiras blancas”. Mentir para evitar un mal mayor. Mentir para suavizar una noticia, para consolar a alguien, para no empeorar una situación. Puede que no sea lo correcto según algunas personas, pero es lo que hacemos muchas veces sin ni siquiera notarlo. Y no lo hacemos por maldad. Lo hacemos por cariño, por miedo o por compasión. En el fondo, creo que todos lo hemos hecho alguna vez.
Vivimos en una época donde todos exigen transparencia, pero a la vez todos esconden algo. Donde cada red social dice “sé tú mismo”, pero cada filtro es una forma de ocultarte. La mayoría de las personas miente, aunque sea un poco. A veces por vergüenza, a veces por inseguridad. Y tal vez ahí esté el punto: la verdad no es solo lo que decimos, también es lo que decidimos callar. Algunos podrían decir que mentir, por más pequeño que sea el motivo, está mal. Que una mentira siempre será una traición a la confianza, y que si uno empieza por lo pequeño, termina justificando cosas peores. Y es cierto que ese riesgo existe. Pero también creo que la vida no es tan simple como para verla en blanco y negro. A veces, decir la verdad completa puede herir más que una mentira parcial.
Por eso, mi verdad no es perfecta. Tiene dudas, silencios y contradicciones. A veces no digo todo lo que pienso, y a veces prefiero callar antes que empeorar una situación. Y no es porque no me importe la verdad, sino porque entiendo que decirla no siempre es fácil. La verdad también duele, también puede romper algo. Entonces intento cuidar lo que digo y cómo lo digo. Intento que lo que callo no haga daño. Para mí, ser honesto no es lo mismo que ser brutal. Es tener la sensibilidad de entender cuándo hablar, cuándo callar y cómo hacerlo. Porque a veces la verdad, dicha sin cuidado, también puede ser una forma de violencia.
La verdad, para mí, no es una fórmula exacta ni una respuesta automática al momento. Es una búsqueda constante, una decisión diaria. No siempre la tengo clara, y muchas veces me equivoco en ello. Pero trato de que esa búsqueda sea sincera. De no mentirme a mí mismo en el proceso. De no justificar lo injustificable, pero sí entender que soy humano. A veces la verdad se esconde detrás del miedo, otras veces detrás del amor. Lo importante que yo creo, es seguir buscándola. Porque al final, más que decir siempre la verdad, lo que realmente importa es no perderse a uno mismo entre las mentiras.
Arian, muy bien.
ResponderBorrar10 sobre 10.