Mi peor enemigo a veces soy yo
Arian Richard Rivas Lima
Redacción II "A"
¿Y si no es la ignorancia lo que más nos engaña, sino el ego propio? ¿Y si no es la desinformación, sino la forma en que decidimos creer solo lo que queremos escuchar? Esta semana, mientras aprendía sobre los sesgos cognitivos, algo hizo clic en mí. No fue solo porque el tema fuera interesante, sino porque me obligó a mirar hacia adentro, a cuestionar mis propias creencias y decisiones. En ese momento, me di cuenta de que no solo estaba aprendiendo sobre conceptos ajenos, sino sobre mi manera de pensar. Reflexioné sobre mis elecciones pasadas, sobre lo que me ha llevado a mantener ideas que nunca cuestioné. Y me di cuenta de cuántas veces me mentí a mí mismo, sin darme cuenta, mientras me creía completamente despierto y seguro de lo que pensaba.
Yo también compartí cosas sin verificar. Me bastaba con que una publicación dijera lo que yo quería leer para creer que era verdad. Me rodeé de gente que pensaba igual que yo, y seguí cuentas que solo reforzaban mis ideas sobre ciertos temas. Viví en mi propia cámara de eco sin darme cuenta. Yo creía que estaba bien informado, cuando en realidad solo escuchaba mi propio reflejo de mi mente. No me gustaba leer opiniones distintas. Las rechazaba al instante. No por falsas, sino porque me incomodaba ver otra perspectiva distinta a la mía.
También caí en el efecto halo. Defendí a personas solo porque me caían bien. Justifiqué todos sus errores, incluso cuando iban en contra de mis valores. Pensé que si alguien me inspiraba, entonces debía tener siempre la razón. Cerré los ojos e ignoraba cuando fallaban. Preferí idealizarlos en mi cabeza antes que aceptar que también podían equivocarse. Y ahí entendí que admirar no es lo mismo que aprobar todo. Pero ya era tarde. Ya había repetido ideas que ni siquiera me había cuestionado.
Alguien podría decir que es normal. Que todos caemos en esas trampas del pensamiento, y que no hay forma de ser completamente racional. Y es cierto. Pero saberlo no significa dejarlo pasar como si nada. Si me reconozco en esos errores, tengo que empezar a corregirme. No por obligación académica, sino por honestidad conmigo mismo. Porque no se trata solo de tener opiniones, se trata de tener conciencia de dónde vienen esas opiniones. Y no hay pensamiento crítico si uno no se atreve a dudar, especialmente de lo que ya cree. De lo cómodo. De lo aprendido sin preguntar.
A veces el enemigo de la verdad no es la mentira. Es la comodidad. Es ese deseo de tener siempre la razón, aunque eso signifique mentirse a uno mismo para no salir de su zona segura. Esta semana entendí que mi cerebro también me engaña. Que no siempre piensa para encontrar la verdad, sino para justificar lo que ya cree. Pero también entendí que no estoy condenado a repetirlo. Que puedo aprender a detectar esos sesgos, a detenerme, a cuestionar. Porque si quiero buscar la verdad en serio, tengo que empezar por dejar de engañarme yo primero. Solo así, pensar se vuelve una libertad.
Richard, muy bien.
ResponderBorrar10 sobre 10.