Ya no importa si es verdad, solo importa si suena bien
Arian Richard Rivas Lima
Redacción II
¿En qué momento dejamos de buscar la verdad y empezamos a repetir solo lo que suena bonito, lo que alivia, lo que no incomoda? En Bolivia, los últimos meses no solo mostraron una crisis económica, sino también algo más silencioso: una crisis de pensamiento. Porque aunque los hechos hablaban claro, muchas personas optaron por creer otra cosa. No por ingenuidad, sino por costumbre. Porque cuando una idea se repite lo suficiente, empieza a sentirse real. Así nacen las posverdades: no como mentiras, sino como verdades que acomodamos para no sentirnos mal.
Durante un buen tiempo se dijo que no había escasez de dólares. Voces oficiales lo repetían en entrevistas, medios y redes. A pesar de que en la práctica las filas, el dólar paralelo y las restricciones bancarias mostraban todo lo contrario, esa versión encontró mucha difusión. ¿Por qué? Porque operaron varios sesgos al mismo tiempo. El sesgo de autoridad hizo que muchas personas creyeran en el discurso del gobierno simplemente por venir de una figura de poder. Y el sesgo de confirmación reforzó esta idea en quienes ya apoyaban esa gestión, cerrando la puerta a cualquier evidencia contraria. Así, incluso con pruebas visibles de la escasez, la posverdad se mantuvo viva durante semanas.
Hace unos meses, la frase “hablar de crisis es exagerado” circulaba en la gente. Aunque recientemente el presidente Luis Arce la volvió a repetir, hoy son pocos los que realmente le creen. Sin embargo, en su momento, hubo quienes la compartieron y defendieron. ¿Por qué tanta gente la repitió? Porque a veces no creemos lo que es más evidente, sino lo que nos da un poco de calma. El sesgo de disonancia cognitiva nos lleva a minimizar las señales de una crisis cuando estas contradicen nuestras esperanzas o ideas políticas. En lugar de cambiar nuestra percepción, ajustamos la realidad para que duela menos. También actúa el sesgo de confirmación, que nos hace buscar y repetir solo aquello que respalda lo que ya pensamos. Al final, muchas de esas frases no se comparten por ignorancia, sino porque emocionalmente resulta más fácil creerlas que enfrentarlas.
Alguien podría decir que no todos tienen tiempo para informarse bien. Que cada quien repite lo que puede, y eso también es entendible. Vivimos rodeados de noticias, publicaciones, opiniones, y no siempre es fácil distinguir qué es cierto y qué no. Y sí, es cierto. Pero pensar mejor no es solo para expertos. También es para quienes se toman un segundo antes de compartir, para quienes se preguntan de dónde viene lo que están creyendo, y qué intereses podrían estar detrás. A veces, no se trata de tener más información, sino de tener más conciencia. Porque si no lo hacemos, el ruido nos termina ganando. Y cuando hay demasiado ruido, la verdad se pierde entre gritos que suenan bien pero no significan nada.
Contar la verdad, repetirla y defenderla no siempre es cómodo. A veces se siente más fácil creer lo que ya encaja con lo que pensamos, con lo que nos dijeron antes, con lo que no nos hace dudar de nosotros mismos. Pero si queremos una Bolivia más clara, más justa, necesitamos ir más allá del primer titular, del mensaje que más nos conviene o del que más nos repiten. Las posverdades no desaparecen solas. Se caen cuando dejamos de repetirlas, cuando nos preguntamos antes de creer en algo. Y para eso no hace falta saberlo todo. Hace falta algo más valiente: tener la voluntad de pensar con más cuidado, incluso cuando la verdad no es buena para nosotros.
Richard, considera los sesgos que describe el autor del texto que leímos recientemente.
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