Creemos en el pensamiento mágico cuando nos conviene
Arian Richard Rivas Lima
Redacción II "A"
Bolivia es un país donde una explosión en una mesa ritual puede decir más que un discurso político entero. Lo que ocurrió en la proclamación de Andrónico Rodríguez fue simbólicamente perfecto para entendernos como sociedad: mientras su candidatura era presentada, la mesa para la Pachamama explotó y el feto de llama cayó. Casi de inmediato, el país dejó de debatir propuestas y comenzó a interpretar señales. Algunos vieron un castigo, otros lo llamaron buena suerte, todo dependiendo de lo que les convenía. Pero más allá de lo anecdótico, lo que revela este hecho es el poder que sigue teniendo el pensamiento mágico, y cómo nuestros sesgos cognitivos moldean la forma en la que creemos, interpretamos y decidimos las cosas.
Las redes se inundaron de afirmaciones: que la Pachamama no aceptó la ofrenda, que el futuro de Andrónico está sellado, que su partido se desmoronará. El sesgo de confirmación hizo que cada quien interpretara el hecho según sus creencias políticas previas: quienes ya estaban en contra, vieron un castigo; quienes lo apoyan, incluso buscaron una reinterpretación positiva. También actuó el efecto de repetición: la frase de “la Pachamama habló” fue replicada por medios, usuarios y analistas, así que esa repetición constante le dio fuerza de verdad. Y para terminar, el efecto Dunning-Kruger tampoco faltó: opiniones rotundas sobre ritos ancestrales vinieron de personas que jamás participaron de uno, pero se expresaban con la seguridad de un experto al decir que era un mal augurio.
Pero este fenómeno no es nuevo. Lo que lo vuelve preocupante es lo común que nos resulta. El boliviano promedio tiene una doble fe: cree en la Pachamama cuando le conviene, y en la Iglesia católica cuando toca bautizo o una primera comunión. Encendemos velas a santos y a la vez dejamos mesas en ofrenda. Hacemos promesas a Dios, pero también buscamos un yatiri para “limpiar la mala energía”. Y aunque esta unificación es parte de nuestra identidad cultural, también puede volverse una excusa. El problema no es creer, es usar esas creencias como atajo para evitar pensar. El sesgo de conformidad hace que reforcemos lo que todos repiten a nuestro alrededor, incluso si en el fondo lo dudamos. Aceptamos esas narrativas sin mucho análisis porque “así lo dicen todos” o “así se hace”, y eso nos exime del deber de razonar.
Alguien podría decir que no es justo criticar estas creencias, que hacen parte del tejido cultural del país y merecen respeto. Y sí, lo merecen. Las tradiciones son un reflejo de lo que somos. Pero hay una línea fina entre honrar las creencias ancestrales y usarlas solo como un argumento para justificar cualquier cosa. No se puede pedir respeto a la Pachamama mientras se usa su nombre para manipular al votante. No se puede exigir fe cuando la fe es instrumentalizada como estrategia electoral. Porque cuando se convierte en herramienta política, la espiritualidad pierde su valor. Si queremos que nuestras tradiciones sean respetadas, primero debemos evitar convertirlas en excusas.
Creer no está mal. Lo que está mal es dejar de pensar por creer. Porque mientras sigamos buscando explicaciones en el humo de una mesa o en la caída de un “sullu”, seguiremos ignorando lo esencial: que los verdaderos problemas del país no se resuelven con señales, sino con ideas y acciones. La fe puede acompañar, pero no debe reemplazar al juicio. Y aunque la explosión de aquella ofrenda duró solo segundos, lo que vino después mostró algo más duradero: que todavía nos cuesta distinguir entre lo simbólico y lo real. Si queremos una Bolivia más crítica y más consciente, necesitamos aprender a pensar con la misma pasión con la que creemos.
Richard,
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